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La Vida Grata

Escrito por Jose Tirado el 03/10/2013

Séneca, el amontillado impasible

“El vino lava nuestras inquietudes, enjuga el alma hasta lo más profundo y entre otras virtudes, asegura la curación de la tristeza”, sabia y certera reflexión que se atribuye a Lucio Anneo Séneca, filósofo estoico, nacido en Córdoba hace 2000 años, cuando Hispania era una provincia del Imperio Romano. Y aunque se trasladó pronto a Roma, siguió vinculado a su tierra natal a lo largo de toda su vida. En concreto, poseía viña y bodega en el término de Montilla. Podemos deducir, por los restos de cerámica cordobesa encontrados en el conocido Monte Testaccio de Roma, que el ilustre filósofo abastecía su casa romana, entre otros, con vinos procedentes de sus propios viñedos, que compartiría, en gratas veladas, con su comunidad estoica de la que vamos a hacer una breve cata vinosófica

Séneca pertenecía a una familia acomodada de la Bética romana. Su padre era un procurador imperial, afamado retórico, que repartía su tiempo entre Córdoba y Roma. Para que su hijo tuviese una sólida formación en las artes retóricas, lo envió a la capital del Imperio, concretamente a la corte imperial. Allí tuvo diferentes maestros, pero fue el estoico Atalo quien más influyó en él, porque los escritos de Séneca se inscriben en lo que se conoce como estoicismo tardío o stoa romana, (junto al esclavo Epicteto y el emperador Marco Aurelio). El término “estoicismo” viene de stoa poikile, que era el Pórtico de las Pinturas, en el ágora de Atenas, una especie de museo en el que enseñaba Zenon de Citio (332 a. C.) fundador de esta doctrina filosófica interesada básicamente en la ética. El estoicismo fue, además de una escuela, un modo de vivir y de concebir el mundo que proyecta su influencia sobre la cultura griega, romana y, a través del tiempo, sobre todo el pensamiento occidental. La gran pregunta para los estoicos, al igual que para los epicúreos, es la cuestión de la vida bienaventurada: ¿cómo podemos ser felices?

Resulta difícil responder a esta pregunta en cualquier época y lugar, pero el mundo en que Séneca vivió hacía especialmente difícil encontrar una respuesta. El primer emperador con el que tuvo que habérselas en la corte de Roma, Calígula, ha pasado a la historia por su crueldad y por su enajenación (llegó a proclamar Cónsul a su caballo). A la muerte de Calígula fue Claudio quien asumió el título de emperador, y tampoco fue buena su relación. Claudio desterró al filósofo a Córcega. A su regreso, ocho años después, Agripina le encomienda la educación de su hijo Nerón, que cuando fue emperador prefirió como preceptor a Petronio, y en el año 65 acusó a Séneca, que era senador romano, de participar en una conspiración para quitarle la vida y le condenó a suicidarse. Nuestro sabio cordobés, impasible, rodeado de su esposa y amigos, (y muy posiblemente tras brindar con un vino de sus bodegas montillanas), se cortó las venas y agonizó lenta pero dignamente. Con un par.


¿Qué ideal de vida feliz pudo pensar en un mundo en el que la suerte de las personas cambiaba constantemente, de la mano de las arbitrariedades imperiales? ¿A qué felicidad podemos aspirar si ninguno de esos cambios depende de nosotros, si no están en nuestras manos? El estoicismo puede ofrecer –piensa Séneca- una buena respuesta. Dicen los estoicos que es sabio, y por lo tanto, feliz, quien sabe distinguir en los acontecimientos entre lo que depende de cada cual, aquello de lo que es dueño, y lo que está en manos del destino. Ante lo que es cosa del destino el sabio se inmuniza: intenta no hacerse ilusiones, no concebir excesivas esperanzas, pero tampoco temer, acobardarse. Esto le va a permitir mantenerse imperturbable, impasible, manteniendo la tranquilidad del ánimo ante los cambios constantes de la fortuna. Puede la fortuna, el azar, traer la desgracia, la enfermedad, el destierro o incluso la muerte, que el sabio será capaz de enfrentarlos dignamente porque es en su interior donde ha situado la felicidad: en vivir sereno, según la virtud. Incluso en lo que respecta a la riquezas, es sabio el que las posee, si es que las tiene, no el que se deja poseer por ellas.

El mayor triunfo de un filósofo consiste en traspasar con su doctrina los límites de su gremio y en llegar a hacerla popular. Así pasa con el senequismo que no es sólo una doctrina filosófica, en concreto una variante del estoicismo, sino una forma de afrontar nuestro quehacer cotidiano, basada en la fortaleza y dominio sobre uno mismo, especialmente ante las desgracias y dificultades. Sugiere la idea del autodominio, de la libertad interior, defensa de nuestra propia autonomía pero al mismo tiempo siendo conscientes de una fraternidad universal. Se abre paso el concepto de humanidad que propone una práctica de vida cosmopolita, un proyecto humanista y civilizador. El ser humano no es un ser aislado sino que está necesariamente ligado a los demás. Se establece así la idea comunitaria que exige la justicia y el reconocimiento a los demás, que es la base intelectual del cosmopolitismo: sentirnos ciudadanos del mundo.

Séneca lo expresa con sabiduría: “Al comer y al beber, mi fin será satisfacer los deseos naturales, no llenar el vientre y vaciarlo. Afable para mis amigos, suave e indulgente para mis enemigos, cederé antes de que me rueguen y me adelantaré a las peticiones honestas. Sabré que mi patria es el mundo. Y cuando la naturaleza reclame mi espíritu o mi razón lo despida, me iré con el testimonio de haber amado la conciencia recta y las buenas inclinaciones, sin haber mermado la libertad de nadie, y menos la mía.” Pues eso, un fraternal abrazo vitagratense, salud y buen vino.
Phelus


  
Séneca

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